Hay voces que valen tanto como lo que explican; historias que brillan tanto como sus finales. Pero a veces, mientras llegas a una cosa o la otra, el camino se hace tan corto, tan brevemente dulce, que desearías que la noche se olvidara de cuando llegará su turno.
Escucho voces que me trasladan a esos parajes polvorientos que te apartan los ojos de la realidad para deslizarlos en mundos que sólo la imaginación y los trayectos largos pueden entender. Apenas noto la música, es una tímida sábana sobre piel desnuda que no quiere irse a dormir.
Me gusta cerrar los ojos y pensar que puedo existir para siempre con esas melodías de equipaje, el único alimento que no va a fallarte. Es la seguridad del vagabundo que ya conoce todos los lugares y sólo camina para disfrutar comprobando que las cosas siempre se guardan alguna sorpresa, que nunca dejarán de estar en movimiento.
Y llaman a la puerta de los pequeños secretos que te mantienen en pie, las acordes que sólo entiendes si te dejas empapar, derramándotelos por encima y dejando que resbalen hasta enamorarse de tus pies.
Hay voces que saben hacer cosas como esas; y no importa lo que expliquen, ni cómo acabe la noche; sólo necesitas que sigan sonando en la oscuridad, que acaricien la seguridad de que siempre nos quedará un trago y una última canción

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